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Marzo
11. 2002

LA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO, SEIS MESES DESPUÉS
Seis meses
después de los ataques terroristas contra el corazón político, militar
y financiero de los Estados Unidos el presidente Bush ha decidido
informar al mundo que la guerra contra el terrorismo va a continuar
y que la potencia bélica más poderosa del planeta está dispuesta
a usar su capacidad de disuasión y de destrucción nuclear contra
cualquier país que ayude o participe en eventuales ataques contra
la Unión americana.
El memorandum
del Pentágono revelado por la prensa de los Estados Unidos durante
el pasado fin de semana revela que el alto mando militar estratégico
de ese país está preparando planes de contingencia para desarrollar
ataques nucleares tácticos contra seis países: Irán, Irak, Siria,
Libia, Corea del Norte y China.
Las razones
que podrían desatar esas respuestas bélicas son básicamente tres:
a) ayuda ostensible a algún enemigo potencial o real, con intenciones
claras de castigar el territorio de los Estados Unidos con armas
nucleares, químicas o biológicas; b) participación efectiva en cualquier
acción ofensiva contra los Estados Unidos; y c) destrucción de instalaciones
militares donde podrían estar generándose armas o equipos que pudieran
servir para atacar los intereses o los ciudadanos de los Estados
Unidos en cualquier lugar del planeta.
La decisión
de la Administración Bush implica también la puesta en marcha de
los estudios y la fabricación de una nueva generación de armas nucleares
tácticas inteligentes con la capacidad de imponer a los blancos
enemigos daños tan selectivos como devastadores. Queda a la vista
la evidencia de que la pesadilla nuclear ha vuelto. Después de décadas
de compromiso efectivo de la Casa Blanca con todos los planes globales
de desmantelamiento de los arsenales nucleares, George W. Bush ha
decidido volver atrás el reloj de la historia porque está persuadido
de que el corazón de los Estados Unidos está amenazado por el peligro
nuclear como nunca antes lo estuvo, ni siquiera en los tiempos de
la Guerra Fría.
Se trata de
la consagración práctica del principio del "unilateralismo estratégico",
la doctrina que llevó a Condoleezza Rice al lugar más destacado
del Consejo de Seguridad Nacional, tal vez porque supo seducir el
espíritu texano de George W. Bush con la idea de que los
Estados Unidos no tienen que consultar con nadie sus decisiones
militares globales, en un mundo donde la seguridad no está garantizada
ni para la única superpotencia. El corazón de esa doctrina se basa
en una premisa: para poder defenderse, los Estados Unidos deben
tener la capacidad estratégica de golpear con precisión y contundencia
en cualquier escenario del planeta sin tener que depender del apoyo
político o militar de ningún otro actor de la política global.
Los analistas
de inteligencia del Pentágono aseguran que los nuevos planes de
contingencia resultan imprescindibles para cumplir con su misión
de defensa nacional, sobre todo porque nadie puede afirmar con certeza
que las redes del terrorismo y del narcotráfico no tengan acceso
a algún tipo de armamento nuclear. La revelación de que existe un
gobierno "paralelo" de los Estados Unidos que opera desde refugios
anti nucleares, junto con los crecientes rumores acerca de la posibilidad
de que exista dentro de los Estados Unidos armas nucleares tácticas
en manos de células terroristas dormidas, son solamente dos indicadores
más de la alarma que reina en la Casa Blanca.
El hecho es
que la guerra en Afganistán aún no está terminada ni mucho menos.
Los testimonios que se reciben desde el terreno indican que los
combatientes de Al Qaeda habrían puesto en funcionamiento un complejo
de cuevas y cavernas equipado con la última tecnología en comunicaciones
y alimentado con energía solar que les permitiría atacar y replegarse
a lugares muy seguros durante el terrible invierno afgano. Mientras
tanto, en distintas capitales de Europa habría comenzado a percibirse
un incremento de las actividades de los núcleos musulmanes integristas
afines de Ben Laden, sobre todo en las fases de reclutamiento y
formación de los jóvenes militantes dispuestos a inmolarse en la
Guerra Santa.
Dicen los expertos
en terrorismo de los Estados Unidos que cualquier conspiración terrorista
necesita en algún punto del apoyo que otorga el poder de algún Estado
nacional. Por eso es que los estrategas del Pentágono creen que
la mejor manera de desalentar ese tipo de actividades es precisamente
la disuasión nuclear orientada contra los países que puedan ofrecer
ese tipo de asistencia. Sin embargo, los planes de contingencia
que prepara el alto mando militar de los Estados Unidos incluyen
otras hipótesis, como por ejemplo un ataque de China contra Taiwán,
una ofensiva nuclear de Corea del Norte contra Corea del Sur, o
un ataque masivo con misiles contra Israel desde cualquier de los
Estados musulmanes más hostiles.
Nadie puede
ocultar el hecho de que los Estados Unidos se preparan para usar
su poder militar sin ningún tipo de consulta, aun con sus aliados
de la OTAN. Ni hablar de las Naciones Unidas, cuyo rol en el mantenimiento
de la paz puede aparecer ciertamente cuestionado por la aparición
de los Estados Unidos como un actor bélico pleno en conflictos que
pueden desarrollarse muy lejos de sus fronteras. La pregunta que
nadie se anima a responder es obvia: ¿Quién podrá garantizar
la paz, si los Estados Unidos deciden abiertamente la opción bélica
como herramienta de su política global?
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