| |
2
de Diciembre de 2000

Washington
parece dispuesto a usar el ALCA como una herramienta de politica
regional
A cincuenta
días de dejar la Casa Blanca, Bill Clinton decidió
que los Estados Unidos comenzarán el proceso de negociación
de un tratado de libre comercio con Chile.
Obviamente no se trata de una decisión lunática o
inconsulta. Sencillamente, la Casa Blanca dio una muestra clara
de que, más allá de quien sea su inquilino, ha resuelto
ya dar a América Latina una posición de importancia
en su agenda global que no ha tenido en las últimas décadas
usando la posibilidad de sumar nuevos socios a su economía
como la mejor manera de distinguir a sus aliados y de "disciplinar"
a los díscolos.
El mensaje de abrir negociaciones de libre comercio con Chile cuando
nadie lo esperaba es emitido precisamente cuando Washington necesita
comenzar a establecer nuevas bases de su relación con una
región donde se multiplican cada día las voces importantes
que cuestionan su hegemonía.
La decisión de comenzar esas negociaciones no se corresponden
con la imagen del "pato rengo" -- la idea de que el Presidente
saliente de los Estados Unidos no puede tomar resoluciones estratégicas--
pero muestra a la vez que el poder permanente de la primera potencia
de la tierra opera más allá de las vicisitudes de
la política doméstica.
El mensaje es claro: los Estados Unidos están dispuestos
a avanzar en el involucramiento económico y comercial con
América Latina, pero en el marco de ciertas coincidencias
políticas y estratégicas.
Chile estaba negociando con Brasil y con Argentina su entrada al
Mercosur, pero el trámite estaba seriamente condicionado
por dos circunstancias: a) la decisión de Brasil de no aceptar
los niveles arancelarios externos que Chile muestra desde hace casi
una década y b) la decisión de Argentina de no desagradar
a Brasil en esa discusión, aceptando y haciendo propias las
posiciones de Brasilia en la negociación, aún cuando
eso significara un paso atrás en las condiciones de liberalización
de su propio comercio que había alcanzado durante la década
de los noventa.
Nadie duda que durante la pasada década Argentina y Chile
se posicionaron como los dos grandes candidatos de América
del Sur a asociarse con los Estados Unidos. Argentina por sus decisiones
políticas y por el rumbo económico comenzado en 1989.
Chile porque el éxito de sus reformas económicas y
por sus fluidas relaciones con el Asia Pacífico.
La Argentina de Menem hizo una de sus fortalezas estratégicas
de su capacidad para tomar decisiones de política internacional
distintas a las posiciones de Brasil. Inclusive esa tendencia llegó
a tensionar fuertemente la relación bilateral.
Probablemente, la novedad más importante que se registró
en la política regional desde el año pasado fue la
decisión del nuevo gobierno argentino de no seguir adelante
con esa estrategia. Al contrario, la Administración De la
Rúa ha hecho una religión de su fidelidad al vínculo
con Brasil, aún en temas críticos para la relación
de los Estados Unidos con la región como la crisis colombiana.
Precisamente Brasil ha intentado durante el año 2000 posicionarse
como el líder de América del Sur, definiendo a la
región como un espacio geopolítico donde los Estados
Unidos no tendrían porque tener una presencia y una pertenencia
"natural".
La decisión de la Casa Blanca de proponer una alianza comercial
y económica al país de América del Sur con
un mejor rendimiento económico, y con una relación
más distante con Brasil pone en claro también el sentido
político de la jugada. Sobre todo porque se produce en el
mismo momento en que hay consenso en Washington alrededor de la
necesidad de generar consenso político regional para impulsar
la implementación del Plan Colombia con la asunción
de la nueva administración a partir del próximo 20
de enero.
Junto con eso, el gobierno de los Estados Unidos ha anunciado durante
la semana pasada una profundización de su ayuda al proceso
de dolarización que llevan adelante los gobiernos de Ecuador
y El Salvador, y su decisión de avanzan en la profundización
de las relaciones comerciales directas y más libres entre
México y los Estados Unidos.
En este contexto parece necesario asumir que las políticas
regionales de Washington en materia económica y comercial
han comenzado a estar definidas por un claro foco político.
Para decirlo de un modo más brutal: para Washington llegó
la hora de gestar una nueva política de alianzas en América
Latina porque durante los próximos diez años en ese
escenario se va a poner en juego mucho de su poder global.
La movida chilena es la primera movida de este complejo ajedrez
que ya ha comenzado.
Ver archivo de Análisis
|