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23 de Noviembre de 2000

El cambio mexicano y la relación con los Estados Unidos

El Primero de Diciembre, cuando asuma el primer gobierno mexicano en 70 años que no tiene el signo del Partido Revolucionario Institucional (PRI), la relación entre México y los Estados Unidos entrará en una nueva etapa que expresará necesariamente la complejidad política y social que ha tomado ese vínculo en los últimos diez años, pero que también mostrará que los líderes mexicanos siguen creyendo la relación con su vecino más poderoso se parece mucho a la que cualquier persona establece con el fuego: no muy lejos como para tener frío, ni tan cerca como para quemarse.

El nombramiento de Jorge Castañeda como próximo canciller de México revela que el Presidente Vicente Fox no ha querido ignorar ese principio de prudencia.

Castañeda es un politólogo de nivel mundial que se hizo famoso durante los noventa por sus sólidos argumentos en contra de la globalización y del proceso que llevó a la creación del NAFTA. Antes y después de esas posiciones públicas, Castañeda se mostró como un marxista lúcido dispuesto a buscar un sentido para las posiciones de izquierda en el mundo de la post Guerra Fría. Hasta tal punto fue así que durante los últimos años Castañeda fue a la vez un crítico de ciertos aspectos del régimen de Fidel Castro y un buen amigo de los comunistas de La Habana, sobre todo en las encrucijadas internacionales en que pareció que los nuevos tiempos llevaban al colapso al único gobierno comunista de las Américas.

Por eso y por sus posiciones críticas a la idea del liderazgo global de los Estados Unidos, Castañeda no tiene muchos amigos en Washington. Los más influyentes son sin duda los hombres más progresistas y "liberals" del Partido Demócrata, algunos de los cuales han ocupado lugares de poder en el manejo del Departamento de Estado durante la última parte del gobierno de Bill Clinton.

Esas son poderosas razones para calificar de audaz la decisión de Vicente Fox de nombrar al licenciado Castañeda como canciller, pero podrían ser menos peligrosas que la posibilidad de que a partir del 20 de enero asuman el control del poder de Washington los viejos halcones republicanos que trabajaron con Ronald Reagan y con George Bush en el preciso momento en que los Estados Unidos se transformaron en la super potencia triunfadora de la Guerra Fría y de la Primera Post Guerra Fría.

Es obvio que el Presidente Fox decidió que era más importante mandar un mensaje de independencia política hacia Washington con la designación de aquella persona a quien los hombres más poderosos del poder de los Estados Unidos con intereses en México, supieron desaconsejar con fervor en los últimos meses.

No se trata de un súbito brote setentista. Fox sabe que la relación de México con su vecino super poderoso debería escalar hacia situaciones de mayor involucramiento económico para los próximos años, porque en esa posibilidad reside el relanzamiento de la economía mexicana en el sentido modernizador que propicia la Nueva Economía de los Estados Unidos.

Para lograrlo Fox ha propuesto a Washington que comiencen las negociaciones para la creación de un Mercado Común de América del Norte sobre la base del NAFTA, y ha propuesto también un "acuerdo especial de migraciones" para que los millones de mexicanos que buscan mejorar su suerte en los Estados Unidos estén protegidos por un marco legal que les permita a los empresarios americanos contar con nueva mano de obra y a los mexicanos instalarse en la "tierra prometida" sin sufrir los ataques del Servicio de Inmigraciones.

Paralelamente Fox pretende que las empresas de las nuevas tecnologías comiencen a instalar sus factorías y sus inversiones cerca de su Monterrey natal, allí donde la mano de obra mexicana es altamente calificada para todos los emprendimientos ligados a la informática y a las telecomunicaciones.

Fox cree que una de las mejores maneras para enfrentar la pobreza extrema de su país consiste precisamente en cambiar la base del crecimiento económico adaptándolo a los nuevos tiempos de la revolución de las comunicaciones. La puesta básica consiste en crear nuevas oportunidades de empleos en todo el área del NAFTA para asegurar a los mexicanos nuevas posibilidades de progreso.

Fox sabe que ese programa de transformaciones económicas necesita de un contrapeso político sólido sobre todo en un país como México donde los argumentos de resistencia a la profundización de las relaciones con Estados Unidos tienen sólidos cimientos culturales e históricos.

Ese puede ser el rol político del nuevo jefe de la diplomacia mexicana.
La apuesta es ambiciosa e inteligente. Falta saber si la complejidad de las relaciones hemisféricas que se vislumbran pueden hacer viable la movida del Presidente Fox, precisamente cuando la hegemonía regional americana comienza a ser cuestionada en diversos niveles y de diversas maneras.

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