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18
de Noviembre de 2000

La
debilidad de la democracia americana
El penoso recuento
de votos que ha transformado a las elecciones presidenciales de
los Estados Unidos en un espectáculo global, probablemente
solo sea el síntoma tardío de una crisis más
profunda que muestra, sobre todo, que ni siquiera la única
super potencia global puede aislarse de una de las tendencias más
alarmantes de la sociedad actual: la crisis de la democracia como
herramienta para generar un sistema de gobierno tan legítimo
como eficaz.
Quien se haya ocupado de observar el desarrollo de la compleja relación
entre la política --entendida como la construcción
y el ejercicio del poder necesario para conducir cualquier entidad--
y el sistema democrático en los Estados Unidos habrá
reparado seguramente en por lo menos cuatro elementos:
1. La
creciente distancia entre el ciudadano común y el sistema
político expresada en profundas tendencias de la opinión
pública como la clara desconfianza hacia los organismos del
gobierno federal, el desprestigio creciente de los políticos
de cualquier signo, y la falta de participación de los ciudadanos
aún en los estamentos del sistema más cercanos a la
vida cotidiana, tales como el condado, o las asociaciones de padres
de las escuelas.
2. Las denuncias sobre corrupción en el aporte de
fondos a las campañas políticas --que alcanzaron tanto
al Presidente de la Nación como al Vicepresidente durante
la campaña presidencial de 1996-- y las denuncias sobre el
manejo de los fondos de los partidos políticos que involucraron
a algunas de las grandes figuras del Partido Republicano como Newt
Gringich y el candidato presidencial George W. Bush.
3. Las evidencias acerca del uso sistemático del fraude
para ganar elecciones locales tal como ocurrió en Miami,
en Georgia, y en Minessota durante los últimos cuatro años.
4. La falta de capacidad de los organismos reguladores y
los organismos de conducción política del estado para
revertir estas tendencias.
Esas constataciones
remiten al análisis de los cambios sociales que ha inferido
a la sociedad americana la irrupción de la "revolución
de las comunicaciones" en la vida cotidiana de ese país.
Una de las consecuencias obvias de esos nuevos fenómenos
es el fin del ideal del ciudadano con interés en participar
en la actividad política más allá del umbral
de su casa. La ilusión de contar en su propia casa con más
información de la que necesita para vivir, sepulta todo interés
en participar en las cuestiones políticas.
La participación aparece suplantada por la ilusión
del poder que alienta la civilización digital.
Es un mundo de fantasía donde los políticos son solamente
actores del show televisivo cotidiano, donde la participación
se reduce el zapping, y donde, en definitiva, el poder de decisión
queda en manos de quienes realmente se preocupan por ejercer el
poder allí donde lo encuentran.
La conclusión obvia es que el mecanismo de legitimidad de
la democracia americana estaba seriamente cuestionado aún
antes de las elecciones presidenciales.
Todo indica que es un error creer que el problema estaría
centrado en la falta de eficiencia de los mecanismos y las herramientas
utilizadas.
De hecho la característica central de las sociedades más
avanzadas del Siglo 21 es precisamente la aparición de un
sistema de poder, caracterizado por la aparición de actores
paraestatales y trans nacionales con la capacidad para imponer sus
condiciones a los estados nacionales y a las sociedades civiles,
aún cuando se trata del gobierno de la máxima potencia
del planeta.
Ese traslado de poder hacia nuevos actores tiene un correlato previsible:
la certeza creciente de que las decisiones que tomen los ciudadanos
a través del voto corren el peligro de tornarse fuertemente
irrelevantes, habida cuenta del formidable poderío, y la
formidable capacidad para ejercer la iniciativa política
que muestran esos nuevos actores del juego del poder global.
Si el soporte central de la democracia, entendida de acuerdo al
molde occidental es, precisamente, la certeza de que el ciudadano
es el portador último de la soberanía del pueblo,
el traspaso de poder hacia quienes son capaces de montar organizaciones
fabulosas para imponer sus puntos de vista y sus intereses sobre
los estados nacionales, se transforma en el principal problema de
legitimidad que debe enfrentar de aquí en más el sistema
de poder público basado en la soberanía del pueblo.
Probablemente, la apatía que el pueblo americano mostró
durante la campaña electoral presidencial, sea el resultado
directo de estas tensiones y en mucho mayor medida que el supuesto
carisma ausente de los candidatos.
Sea cual fuere la resolución del confuso escrutinio presidencial,
la pregunta acerca de cómo fortalecer la democracia americana
debería estar al tope de la agenda de los líderes
de los Estados Unidos durante los próximos años. Porque
no hay duda que es precisamente el sistema de poder creado alrededor
de las ideas democracia, libertad y responsabilidad --y sus respectivas
interacciones-- una de las razones eficientes que han transformado
a los Estados Unidos en la única super potencia global en
el primer segmento del Siglo 21.
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