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18 de Noviembre de 2000

La Cumbre Iberoamericana de Panamá

La primera cumbre iberoamericana del Siglo 21 muestra con patetismo hasta que punto los países de la región han perdido su capacidad para definir claramente las agendas políticas capaces de tornar relevante el espacio político que integran.

Las cumbres ibeoramericanas comenzaron a principios de los noventa básicamente como una iniciativa impulsada por España y sostenida por los países más grandes de América Latina, con el claro objetivo de construir un espacio político multinacional sobre la base de la cultura y la historia en común.

A lo largo de la década pasada los temas comerciales y los temas políticos en torno a la consolidación de la democracia en la región ganaron el centro de la atención de los mandatarios, en un escenario global caracterizado por la creciente complejidad de las relaciones multilaterales en medio de la intensa "primera ola" de la globalización.

Las expectativas se fueron diluyendo tal vez porque no se forjaron las alianzas consistentes y necesarias para comenzar a resolver los problemas que se planteaban.

Seguramente la cuestión cubana es el epítome de ese agotamiento. A lo largo de las diez cumbres que se concretaron durante los noventa los países iberoamericanos intentaron diversas opciones para acelerar el proceso de democratización de la isla. El resultado está a la vista: casi diez años después Cuba sigue sin democracia y el régimen castrista está consolidado y legitimado hasta el punto de permitirse la posibilidad de hacer fracasar el consenso de la Cumbre de Panamá en un tema tan doloroso como es la condena contra el terrorismo.

En materia comercial y económica, la idea de consolidar el espacio iberoamericano iba de la mano con la ilusión de abrir una puerta de la Unión Europea para las economías de América Latina.

En este punto el objetivo tampoco se logró no porque España y Portugal no fueran solidarios con sus socios americanos, sino porque los países de América Latina no mostraron capacidad y liderazgo para forjar una estrategia posible para acceder a esos mercados, a partir de sus posibilidades concretas y reales sin pedir ayudas y excepciones.

De hecho, una atenta mirada de las agendas de las cumbres sucesivas van a mostrarnos claramente como los temas en discusión fueron perdiendo relevancia estratégica y política con el curso de las reuniones.

Al cabo de los años, la evidencia muestra que los miembros de la cumbre iberoamericana deben buscar las soluciones a sus problemas de carencia de mecanismos de inserción en los sistemas económicos y comerciales globales, en otras instancias de asociación. Más dinámicas y con más capacidad para generar respuestas eficaces a las demandas concretas de sus respectivas economías.

La consecuencia obvia de ese estado de cosas es la agenda oficial de la Cumbre de Panamá que solamente incluye la posibilidad de que los jefes de estado se pronuncien en contra de la pobreza y en contra de la desprotección de la niñez, con los resultados, los tonos, los énfasis y los conceptos previsibles.

La tendencia obvia de estas cumbres es la extinción, de no media un fuerte impulso político buscando transformar la cultura y la herencia común en una ventaja comparativa con capacidad para generar oportunidades en el presente y en el futuro. Para lograrlo, parece evidente que los países de América Latina reclaman un liderazgo político con la visión y la capacidad de tornar relevante a la región en el ajedrez mundial, sin esperar la ayuda milagrosa de cualquier clase de amigo.

Los magros resultados de la Cumbre de Panamá tal vez sean un nuevo incentivo para poner en marcha el único proceso político regional llamado a operar como un fortísimo disparador de las posibilidades de crecimiento y de progreso de todos los países de América Latina.

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