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6
de Noviembre de 2000

La
debilidad estructural de la democracia en Latinoamérica
El desarrollo
de la crisis peruana durante el último mes ha venido a poner
en el centro del análisis la fragilidad estructural de la
democracia en América Latina.
Si bien se mira, el compromiso político más o menos
ostensible de los líderes de la región con la construcción
de sistemas democráticos e institucionales medianamente parecidos
con los estándares de los países más avanzados
de Occidente, es demasiado joven: recién acaba de cumplir
quince años.
El giro a favor de las democracias representativas y occidentales
se registró en América Latina al comienzo de la década
de los ochenta, cuando la experiencia de las dictaduras militares,
basadas en la doctrina de la Seguridad Nacional, estaba mostrando
un agotamiento tan trágico como patético.
Desde entonces los dirigentes políticos del segmento latino
del Hemisferio mostraron su voluntad de crear sistemas de poder
y de representación acordes con la idea de gestar un marco
institucional donde tratar las diferencias sin recurrir a los métodos
de imposición por la fuerza sobre el oponente.
Ese proceso de construcción política mostraba por
lo menos dos debilidades congénitas:
a) Por un lado
aparecía la evidencia de que se intentaba construir instituciones
democráticas en sociedades donde la lucha por el poder y
la hegemonía había reemplazado, durante casi dos siglos,
largamente la posibilidad de procesar las diferencias en un marco
de convivencia razonable.
b) Por otro lado aparecía la decadencia de la calidad de
vida de la población, traducida en miseria y marginalidad
crecientes, como la principal prueba de legitimidad del nuevo sistema,
en el sentido de mostrar su capacidad para transformar esas situaciones
de degradación asegurando el acceso a más latinoamericanos
al pleno ejercicio de sus derechos más elementales.
Las democracias
de América Latina debieron construirse a sí mismas
caminando por escarpados caminos, serpenteando entre ambos precipicios.
Para intentar el éxito en la tarea recurrieron alternativamente
a las recetas ideológicas - y por lo tanto económicas-de
moda en cada una de las dos décadas pasadas.
Durante los ochenta el camino elegido fue el cuestionamiento de
los mecanismos de la deuda externa regional, la búsqueda
de cierto desarrollo nacional independiente manejado por las decisiones
políticas de los gobiernos, y la búsqueda de una retórica
en común capaz de alejar a los países de las "garras
de los poderosos".
Durante los noventa, y luego del colapso de varios de los estados
nacionales de la región, la receta elegida fue el llamado
neo liberalismo. Era la hora de la apertura rápida e indiscriminada
de las economías nacionales, era la hora de las privatizaciones
más rápidas que eficientes. Era la hora, en fin, del
ingreso de las sociedades locales en las tramas de la globalización
sin tener en cuenta el precio a pagar por ser parte de esa fiesta.
A la hora del balance los resultados bien pueden reducirse a la
idea de que ninguno de los caminos intentados trajo las soluciones
esperadas.
Esa es la principal fortaleza de todos los líderes políticos
que están intentando explorar caminos con propuestas que
muchas veces están en los límites del sistema democrático
o directamente prescinden de él.
Por eso no parece prudente ni razonable suponer que la crisis del
sistema democrático peruano es un hecho local o aislado,
y es mucho menos inteligente creer que estamos ante un rebrote "andino"
de falta de confianza en el modelo de democracia que Occidente reconoce
como el mejor, por más que la crónica diaria nos muestre
problemas cotidianos en Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador
y Bolivia.
Probablemente en esos países el síntoma se exprese
con mayor virulencia pero el hecho es que también puede percibirse
la enfermedad en cualquier sociedad de América Latina, donde
ya se ha hecho notable el retorno a ciertas ideas que coquetean
con la posibilidad de buscar las soluciones por afuera del sistema
democrático.
Esa búsqueda es en realidad absolutamente consistente con
la historia política de la región donde aún
los líderes con mayor legitimidad social -y finalmente histórica-intentaron
caminos para la construcción del poder ajenos a la lógica
de las democracias representativas. Y lo peor es que la mayoría
de las veces les fue bien.
El punto clave consiste en entender que las crisis de las democracias
de América Latina son expresiones diversas de la misma insatisfacción
esencial ante la evidencia de que esos sistemas de organización
política y social muchas veces se corresponden con modelos
de acumulación económica donde la real capacidad de
decisión está en manos de los dueños del poder
económico aún a costa de la capacidad de gestión
de los organismos creados para gestionar el espacio del Bien Común.
El problema de la construcción de la democracia en América
Latina es un problema mayor porque se trata precisamente de consolidar
los mecanismos de inclusión en el ejercicio de los derechos
de ciudadanía de millones de hombres y mujeres que conocen
a través de su memoria genética cultural que existe
otro camino para hacerse oír y que es posible transitarlo
con éxito.
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