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25
de Octubre de 2000

Venezuela cambia las reglas del
juego regional
El acuerdo petrolero firmado por Venezuela y Cuba el 30 de Octubre
de 2000, es una muestra clara del cambio de sentido de las relaciones
de poder que se están registrando en el Hemisferio y en el
tablero del ajedrez global.
Más allá de las previsibles críticas de los
enemigos del régimen cubano y del gobierno bolivariano de
Hugo Chávez, el hecho político clave es la decisión
del principal productor de petróleo de América Latina
-y uno de los líderes más destacados de la OPEP-de
comenzar a usar ese recurso estratégico con una lógica
política distinta y contradictoria a los intereses estratégicos
de los Estados Unidos.
Venezuela, que es el principal proveedor de petróleo internacional
de los Estados Unidos jamás se había permitido recorrer
el camino que lleva a discutir los criterios y las prioridades estratégicas
de Washington. Aún durante la crisis del petróleo
de los setenta, prefirió guardar un segundo pleno frente
a la decisión de los países árabes de usar
ese activo estratégico como un arma más en su enfrentamiento
con el Estado de Israel.
Ahora, los tiempos han cambiado mucho más allá de
lo que cualquier burócrata de Washington podría haberse
imaginado hace apenas un año.
El Presidente Chávez ha decidido usar el petróleo
de ese país para mostrar su decisión de crear un poder
internacional independiente de la Casa Blanca y ha utilizado a la
Cuba de Fidel Castro como el símbolo perfecto para conseguir
que ese mensaje llegue con claridad a todo el mundo.
La caída de la Unión Soviética significó
para Cuba muchas crisis a la vez, pero no hay duda que la más
peligrosa fue la derivada de la falta de energía para poner
en marcha la vida cotidiana de la isla.
De hecho Cuba dependía casi absolutamente del petróleo
soviético que recibía a precios subsidiados y que
casi no pagaba en dinero gracias a la "solidaridad socialista"
y a los convenios que hablaban de que el régimen de Castro
podía pagar ese flujo vital a través del llamado "intercambio
compensado".
Después de diez años de penurias se le abre al comunismo
habanero la canilla del petróleo de Venezuela - y de su mano
parte de la producción de México y América
Central a través de varios convenios de cooperación-que
otra vez recibiría a precios subsidiados, con facilidades
de pago, y con la posibilidad de abonar parte de esos barriles a
través de "servicios especiales" nunca lo suficientemente
aclarados.
Todo esto al mismo tiempo que en Washington se está tratando
desde hace meses como replantear la estrategia cubana de la primera
potencia de la Tierra de modo tal de acelerar la posibilidad de
cambios democráticos en la isla.
La decisión del gobierno de Venezuela viene a instalar, en
el desarrollo de la política regional un punto de vista que
estuvo ausente durante la década de los noventa: la posibilidad
de discutir los roles de réprobos y elegidos que marca la
agenda de prioridades de los Estados Unidos.
Con la contundencia de los hechos consumados, el gobierno de Caracas
demuestra además que es posible usar el propio poder nacional
estratégico - en este caso el petróleo-para refutar
la lógica de la Casa Blanca y lo hace reivindica sus relaciones
personales con las dos "bestias negras" de Washington:
Saddam Houssein y Fidel Castro.
La decisión política del Presidente Chávez
de asumir con claridad los nuevos escenarios, por contraste va a
acelerar las definiciones estratégicas que se debe Améroca
Latina luego de dos décadas de marcada carencia de ideas
propias.
La potencia política de esos gestos es también un
desafío para resto de los países de América
Latina que de aquí en más deberán acostumbrarse
a la evidencia de que terminaron los tiempos del pensamiento único
y de las opciones cerradas a la hora de definir los propios posicionamientos
regionales y globales.
Esa diversidad de opciones va a poner necesariamente la evaluación
costo-beneficio de cada opción, sobre todo porque los datos
que se van acumulando revelan que el involucramiento más
o menos directo de los Estados Unidos en el Hemisferio es tan creciente
como inevitable.
Es en ese escenario que deberán ponerse a prueba las opiniones,
las evaluaciones, los deseos y las buenas intenciones de los líderes
políticos de los países latinos de las Américas
sobre todo ahora que parece inevitable que cuestiones tales como
la construcción del ALCA, la puesta en marcha del Plan Colombia,
o las relaciones de la región con la Unión Europea
evidentemente serán parte de la misma trama de decisiones
durante la primera década de este siglo.
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