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30 de Octubre de 2000

América Latina ante la elección presidencial en los Estados Unidos

El próximo Presidente de los Estados Unidos, sea quien sea, deberá enfrentar un dilema estratégico esencial: como lograr que el liderazgo global de ese país siga ganando en consistencia en un mundo donde quienes están dispuestos a desafiarlo han dejado de estar en retirada, y ahora están dispuestos a disputar con Washington cada espacio de poder global.
Para lograr ese objetivo, el primer líder de la Casa Blanca en el Siglo 21 deberá responder previamente a algunas preguntas que involucran directamente a América Latina por más que la cuestión de la relación entre los Estados Unidos y el Hemisferio no haya estado en el centro de la campaña presidencial.

En ese sentido, las dos preguntas básicas apuntan a producir en lo inmediato dos decisiones: a) cuán rápido y cuan amplio será el proceso de creación de la masa crítica que permitirá la creación del ALCA (el tratado de libre comercio del Hemisferio) y b) cuál va a ser en definitiva el involucramiento nacional y regional en la resolución de la crisis colombiana.
El denominador común de esas dos cuestiones es precisamente la definición del perfil del liderazgo global de los Estados Unidos.

Dicho de un modo más cruel: si el gobierno de Washington no es capaz de resolver en términos satisfactorios para su poder hemisférico y global ambos desafíos, difícilmente pueda estar en condiciones de mantener durante las primeras décadas del nuevo siglo su condición de principal y exclusiva super potencia mundial.
La resolución de esos retos va a exigir ante todo de la dirigencia de los Estados Unidos una clara visión estratégica de aquello que está en juego en América Latina. Por primera vez en su historia moderna, el Hemisferio americano está dejando de ser para Washington el "patio trasero" y se está transformando en un escenario estratégico para su poder y para su seguridad.

En términos comerciales, si los Estados Unidos no logran incorporar a América Latina como parte de sus mercados regionales y globales, probablemente ese espacio sea ocupado por otros actores (Unión Europea, ASEAN, o los propios sub bloques regionales como el Mercosur) creando en los hechos la evidencia de que la zona del planeta que está en contacto directo con el poder económico de los Estados Unidos no acepta ser parte del dispositivo global propuesto por las compañías americanas.

El hecho es que difícilmente los Estados Unidos puedan competir en términos más o menos auspiciosos con potencias como China o como la India, si no demuestra claramente la capacidad de insertarse y conducir las relaciones económicas y comerciales regionales y transnacionales en su zona inmediata de influencia.

Dicho en otros términos más duros: si las compañías americanas muestran que no son capaces de contener los mercados del Hemisferio no tendrían otra posibilidad que aceptar las condiciones que le impongan las grandes economías emergentes de Asia a la hora de intentar negocios globales enfrentando o buscando alianzas con culturas que no creen en valores tales como la libertad, la innovación o el libre comercio.

Las dos respuestas básicas que debe encontrar más o menos rápidamente el próximo Presidente de los Estados Unidos son: a) cuanto dinero del superávit acumulado por la exitosa economía de ese país debe ser invertido para asegurar un rápido y exitoso nacimiento del ALCA (sobre en términos de asegurar mercados atractivos a los nuevos socios al interior de la Unión americana) y b) cuanto poder está dispuesto a usar para generar en la región las alianzas necesarias para esta tarea, habida cuenta del rebrote de nacionalismo que caracteriza a América Latina luego de una década de fatigantes políticas de ajuste y reformas estructurales.

Por eso mismo no parece razonable analizar el problema colombiano solamente como el capítulo final de la Guerra contra las Drogas que comenzó Ronald Reagan en los ochenta.
En rigor el Plan Colombia --la propuesta multinacional para fortalecer el poder el estado nacional frente a quienes buscan reemplazarlo-- es la primera propuesta regional de la Casa Blanca que muestra claramente hasta que punto la región se ha transformado en un escenario estratégico para el gobierno de los Estados Unidos.
En Colombia no está tanto en juego la cantidad de estadounidenses intoxicados por los estupefacientes, como la capacidad de Washington para liderar en la región una iniciativa multinacional para enfrentar a quienes buscan cuestionar mortalmente su liderazgo en el Hemisferio.

La clave es que el Plan Colombia solamente será eficiente si es que se comprometen en su desarrollo los países de la región. En términos prácticos se trata de la primera vez en mucho tiempo en que la primera potencia de la Tierra muestra su dependencia política de las naciones de América Latina para poder alcanzar un objetivo político trascendente.
La principal dificultad para lograr el objetivo que se propone el Plan Colombia no es tanto el factor militar --de hecho el poder de los Estados Unidos en ese campo es infinitamente superior al de cualquiera de los actores de la guerra civil colombiana-- como la falta de condiciones políticas regionales para ir a fondo en la búsqueda del éxito en los términos previstos para la iniciativa (esto es asegurar la plena capacidad del estado colombiano para ejercer el poder en todo el territorio de esa nación).

Brasil y Venezuela por su lado, y las FARC en el espacio de las organizaciones armadas irregulares, han percibido claramente la esencia del problema y por eso es que han comenzando a ejecutar sus respectivas estrategias para garantizar que la resolución de la crisis colombiana no va a significar la consolidación de la hegemonía de los Estados Unidos en la región.

Durante los noventa estaba claro que Washington no tenía dificultades para encontrar aliados en la región. Ahora las condiciones han variado sustancialmente, tal vez porque solamente algunos "bolsones de riqueza" de América Latina lograron sumarse con éxito a la Nueva Economía liderada por los Estados Unidos.

La pregunta que necesariamente enfrentarán en lo inmediato los líderes políticos de los países latinos de América es si vale la pena volver a intentar los caminos del nacionalismo regional de la mano de los nuevos liderazgos, o si, por el contrario será más conveniente para sus países aprovechar la novedad de que la región se ha vuelto, casi repentinamente, un espacio relevante para las prioridades comerciales y de seguridad de la primera potencia de la Tierra.

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