| |
El
plan Colombia y el nuevo rol de los militares
La
reunión de ministros de Defensa y jefes militares de las
América, concretada en Manaos entre el 16 y el 18 de Octubre
de 2000 ha venido a instalar brutalmente en la agenda continental
una cuestión que hasta ahora aparecía tan susurrada
como marginal: la participación explícita de los militares
en la lucha frontal y directamente contra los nuevos fenómenos
delictivos transnacionales que amenazan a nuestras democracias.
El paso es mayúsculo porque, después de dos décadas
de haber sido sospechosos en cualquier conjura que pudiera poner
en peligro a las democracias de América Latina, los militares
recuperan un rol estratégico de la mano de una nueva doctrina
que se encarga de esparcir por la región nada menos que el
Pentágono. Esa evidencia se potencia exponencialmente si
se tienen en cuenta también los recuerdos aún dolorosos
y abiertos, en términos de derechos humanos, que dejó
la participación de las fuerzas armadas de la región
en la historia política reciente.
Sin embargo la novedad más importante no es tanto el nuevo
punto de vista estratégico como el hecho de que los núcleos
de poder político democrático institucional de la
región se hayan negado absolutamente a analizar siquiera
la cuestión antes de la Política de hechos consumados
del Pentágono.
Esa ausencia de debate muestra tanto los límites que muchos
dirigentes políticos de América Latina para buscar
crear un sistema eficiente de conducción integral de los
estados nacionales, como el peligro evidente de suponer de antemano
que los mejor dotados y entrenados para defender a nuestras sociedades
del peligro que representan las nuevas amenazas transnacionales
son aquellos que pertenecen a las instituciones que hace apenas
30 años se dedicaron a la Guerra de exterminio contra las
organizaciones guerrilleras socialistas.
En el centro de esa tensión resalta claramente la evidencia
de que el peor enemigo para construir una estrategia eficaz en este
terreno son los prejuicios de un pasado cargado de odios y de preguntas
sin respuesta. Se trata de crear las condiciones para que se puedan
usar las mejores herramientas para lograr el objetivo de fortalecer
nuestras democracias y nuestros sistemas de convivencia.
En todo caso lo que hace falta ante todo es una definición
clara de cuáles son los intereses nacionales específicos
en medio del nuevo tipo de conflicto que seguramente tendrá
en América del Sur algunos de sus escenarios más críticos.
La decisión del Pentágono de quebrar los delicados
equilibrios gestados en los ochenta colocando la crisis colombiana
en el centro de los desafíos estratégicos de la región
tendrá seguramente consecuencias políticas, sociales
y económicos en una región donde las consecuencias
de exclusión de las políticas de ajuste están
poniendo en duda la legitimidad política de las políticas
de modernización económica de la década de
los noventa.
Nadie puede creer que la mejor estrategia puede consistir en enfrentar
los nuevos problemas con antiguas concepciones, y antiguas herramientas.
El debate que comenzó en Manos involucra a todos los actores
políticos, económicos y sociales de América
del Sur que de alguna manera se siente comprometidos con el futuro.
Siempre la guerra fue un tema demasiado importante como para dejar
exclusivamente en manos de los militares.
Ver archivo de Análisis
|