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18
de Octubre de 2000

La difícil paz de Palestina
La frágil tregua
acordada por los palestinos e Israel, bajo la presión de
una coalición de poder pocas veces reunida, es una muestra
patética de los límites trágicos que tiene
una política de paz basada solamente en el dispar balance
de poder de los actores.
El
gobierno de Barak ha logrado sostenerse transformando la guerra
contra la Intifada palestina en una guerra por la dignidad nacional.
El premier de Israel logró esa oportuna mutación en
el preciso momento en que su débil gobierno era jaqueado
por los sectores influyentes de su país que perciben el éxito
del proceso de paz en Palestina como el ocaso de una situación
de poder derivada precisamente de la situación de guerra
constante que caracterizó al Estado de Israel desde el mismo
día de su fundación.
El gobierno de Arafat también quiso encontrar en los incidentes
desatados en Jerusalem, el principicio político capaz de
organizar el complejo equilibrio de fuerzas que sostiene a su gobierno.
Para lograrlo creyó que era posible mostrarse ante los sectores
más intransigentes de su patria, como un líder capaz
de llevar adelante algún tipo de represalia contra el Estado
de Israel en el preciso momento en que la paz comenzaba a concretarse.
A uno y otro lado, el criterio es similar: la idea de que no es
demasiado grave usar el proceso de paz para moderar y conducir las
contradicciones propias. A ambos lados el error más obvio
parece consistir en el hecho de no percibir que el proceso de paz
excede el marco de los intereses particulares de la región,
aún cuando esos intereses reflejen las demandas y los reclamos
de los jefes de estado en ejercicio o, inclusive, las opiniones
de las potencias globales con intereses específicos en el
conflicto.
El proceso de paz en Palestina ha pasado a ser definitivamente un
problema de la civilización global, sobre todo cuando sus
avatares y su decurso cotidiano comienza a tener directa incidencia
en cuestiones tan diversas como el precio mundial del petróleo,
las penurias de las comunidades judías de Europa Occidental,
o el resultado de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos.
El hecho es que Jerusalem y su status definitivo es motivo de preocupación
y de discusión de millones de seres humanos, mientras que
el secretario general de las Naciones Unidas Koffi Annan, se encarga
de expresar en nombre de la conciencia de los ciudadanos globales,
la decisión de tomar compromisos efectivos para resolver
la crisis.
La idea de que es posible solucionar el problema recurriendo a las
armas estratégicas de la Guerra Fría -una combinación
del hecho consumado militar con la presión constante e incondicional
de los Estados Unidos a favor de los intereses de Israel-puede transformarse
en la causa eficiente de una derrota histórica monumental,
sobre todo si los líderes de los dos lados no perciben exactamente
la naturaleza de todo lo que está en juego en este nuevo
capítulo de la lucha por la hegemonía en los lugares
santos y en Palestina.
Probablemente la fragilidad de la tregua acordada no permita ver
con claridad la intensidad de los cambios ocurridos en la sustancia
del nuevo tipo de conflicto que presenciamos donde es mucho más
importante aparecer como garante de la Paz que como actor militar
hegemónico.
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